lunes, 20 de enero de 2020


























  AMÉRICA ES UN NOMBRE FEMENINO

Gerardo de Mercator, en su mapa de 1538, parece ser que fue primero en distinguir entre la América Septentrional, y la América Meridional. Y acompaña al mapa una leyenda, que traducida a nuestro romance actual dice: Toda esta provincia fue descubierta por mandato del REY de CASTILLA, no de la reina.
Y claro, toda la teoría y la sociedad de intereses que en su día montaron el Vaticano con la Reina Isabel respecto a las nuevas tierras y su santa propiedad, potenciado por el clero-fascismo en contra de los descubridores navegantes portugueses, se caía al traste, hasta que no la recogió el franquismo, y la potenció al máximo desde el momento que el libro, la lectura, fue algo más habitual de lo raro y extraño que había sido tradicionalmente, y lo es, en España.
Y claro, si el belga Gerard Kremer, no se llamó Mercator, aunque a los intereses del papado le viniese muy bien lo de italianizar su nombre, porque todo formaba parte de una ingente maniobra lograda de que el nuevo mundo, las nuevas tierras que aparecen grafiadas en la parte izquierda superior de un mapa que corriendo el año de 1.965 manifiesta tener y tiene en su poder la ciudad de Toronto, dibujado en el año de 1.440, se ve claramente una tierra al otro lado de la mar oceana que es denominada como Insula Vinlandia.
Decir que el clero vaticano no ha jugado nada limpio ni decoroso ni honesto en los asuntos de Las Indias, es no descubrir nada nuevo para aquellos que llevamos años sumergidos en la tremenda maraña tupida, creada por los clérigos vaticanos, siguiendo instrucciones, respecto de llamar a las cosas por su nombre verdadero si no iban en la “línea que interesaba”; y, por supuesto, no dejar en evidencia que su ignorancia y su cacareada infalibilidad vaticana, estuvo pareja, tal que ahora, en no fomentar en nada el progreso, sino todo lo contrario.
Las Indias, denominación de tierras femeninas, aceptadas en un principio por todos los navegantes oceánicos, si el clero vaticano ya iba muy bien encaminado liando la verdad para que una convivencia de progreso en la península Ibérica entre moros y cristianos, con sus luchas guerreras habituales de la época, en un continente entero, Euroasia y África, donde eran habituales, trucar y cambiar lo que había sido una guerra entre dos religiones, la trinitaria vaticana y la monoteísta ibérica, por una guerra de conquista territorial, el cambiar toda la nomenclatura de las nuevas tierras oceánicas del poniente de la mar, no era un asunto a renunciar, cuando el clero podía quedarse predominando sobre todo como un mecenas en el origen.
Sabemos que el “difundido y famoso” mapa del germano alemán Waldseamüller, donde decían que apareció por primera vez la palabra América; resulta que de “famoso y difundido que fue”, tan solo lo ha sido desde que los EE.UU, compraron, en 2001, probablemente el único ejemplar que se conserva en el mundo, y su precio, por tanto, es incalculable, lógico que uno se ponga en duda respecto a la “tremenda difusión” de algo que nadie vio ni tuvo en sus manos, y si lo tuvo no le dio importancia para conservarlo.
Si no es por el historiador español Martín Fernández de Navarrete que en el siglo XIX informó a los españoles de lo que aconteció en Las Indias, probablemente hasta que no llegara el precio de los libros a ser asequibles para los bolsillos de la gente de la calle, el mundo de habla hispana, a falta del soporte libro, solo podía recibir información desde los altares en los sermones de los domingos y días festivos. Y todo lo que “interesaba” se voceaba allí.
América, es un nombre femenino de origen germánico, cuyo significado pueda encajar dentro del concepto o la acepción de princesa heroica, o mujer inquieta amante del arte.
Y lo de América por Américo Vespucio, es a la primera condición mentirosa a que se llega cuando se estudia documentalmente el hermoso nombre femenino de América.
Salud y Felicidad. Juan Eladio Palmis.





     ARGENTINA ES UN NOMBRE DE MUJER

El planeta que habitamos, la Tierra, tiene un nombre femenino; y todos y cada uno de sus continentes, llevan nombre de ese género humano, el femenino, que, desde tiempos del Santo Imperio Romano Germánico están obviando cada vez que pueden; y han podido mucho, bien directamente ellos o bien con sus solajes herederos imperiales, el clero vaticano que, a base de haz de leña o de excomunión, se impusieron injiriendo y olisqueando para chivatearse, hasta en los más encumbrados dormitorios reales vigilando hasta los desparramientos matrimoniales y partos.
Una cierta afamada mujerdalgo ibérica, nada que ver con la plata potosí ni con latinajos vaticanos, que, como siempre, han injerido desde el clero vaticano sobre el origen del nombre del hermoso país Argentino, la condesa del Condado Independiente de Castilla, doña Argentina, primera esposa que se le atribuye al conde, su “adornado” don García Fernández, mandamás del citado Condado Independiente Castellano, fue una esposa que, según la crónica, cambió a su marido por un apuesto y gallardo caballero francés.
Y, dejando de lado la vida sentimental de la citada condesa, lo novedoso del asunto, que hace años llevó a un servidor a tierras burgalesas y sorianas, intentando buscar el por qué del nombre femenino Argentina, para nada derivado de tierra con plata y otras gaitas históricas atribuidas al nombre de Argentina, servidas en crónicas frailunas generalmente, o de gente sujeta a la Ley del Haz de Leña o la Excomunión, en vigor casi total actualmente, todo ello se cae solito cuando se aplica la lógica a una injerencia, hasta extremos de pura paranoia, cuando se quiere hacer creer que todo lo terrestre; todo lo que ha acontecido en este mundo que habitamos ha pasado o tiene obediencia al excelente hacer del clero vaticano y sus blancas e inocentes manos.
Asia, Europa, África, Australia, América, son tierras continentales cuyos nombres tienen obediencia al “patrón” femenino Tierra de nuestro planeta. Y será trabajo de los historiadores futuros, cuando no existan leyes mordazas que les impidan expresarse con la verdad en sus teclados y en sus exámenes a cátedras, iniciar un cambio total de conceptos aceptados por una imposición injerente total, que abolió, en el caso de la Península Ibérica, prácticamente todo lo genuino, lo nativo, por algo que vino de un poder terrenal tremendo de tierras germano-italianas, que no tenían ni tienen absolutamente nada de tierras santas o inocentes y puras.
América, un nombre femenino, no puede ni derivó en momento alguno de un hombre, Américo, que los grandes historiadores portugueses, para servidor los más de fiar, no han reconocido todavía que existiera en el modo y manera como el clero vaticano dijo y dice que existió y que se le deba el nombre de América, porque  a todas aquellas grandes extensiones de tierra, siempre se ha procurado darle el nombre femenino para que jueguen dentro de la norma: Así denominamos Rusia, Siberia, Argentina, China, India, etc. etc.
Estas festividades de fin de año, de pura casualidad, encontré unos viejos papeles personales, donde plasmé, casi con una grafía ininteligible, mis impresiones particulares y privadas de hace años cuando viajé a Castilla, concretamente a la provincia de Burgos y Soria, buscando los orígenes castellanos, ibéricos, de nombres de mujeres que, como la citada Argentina, ya existían mucho antes de que los reyes ibéricos, por culpa de la poderosa excomunión y el haz de leña, tuvieron que decir a todo amén, sin más compañones.
Salud y Felicidad. Juan Eladio Palmis.


          MURCIA Y CASTRILLO DE MURCIA
Entre mi viejos papeles, de casualidad, he encontrado unos apuntes de un tiempo lejano cuando visité, de paso, en la tierra burgalesa, una localidad simpática para los levantinos, que lleva el nombre de Castrillo de Murcia, perteneciente o encuadrada en la actualidad al municipio de Sasamón, que juntando unos diez pueblos bajo la vara de su alcalde, le cuesta llegar a los mil habitantes.
Cuando uno viaja, a diferencia de lo que quería y demandaba, y demanda, el franquismo de que lo mejor era estar al “corriente por la prensa”, no solamente porque Castrillo de Murcia, con su nombre, tira por el suelo toda la mentira ladina que resulta ser la Historia escrita que nos han largado en una España, que, alguien entendió a su conveniencia patria, que todo empezó en el siglo XV con unos reyes castellanos potenciados por la prensa, y olvidando aquellos hermosos tiempos de unos ibéricos que nada quisieron saber de hordas invasoras, tanto laicas como netamente conquistadores, porque estas tierras siempre fueron lugar de acogida, y por eso florecieron y florecen los intransigentes.
En Murcia, siguiendo con la tónica de desinformación, en vez de ir al grano directo de la verdad en referencia al origen de su nombre toponímico de Murcia, se han podido escuchar desinformaciones como que si se debía a la diosa Murcia, romana, o a la Murcylla de Abderraman II; y si opinabas en contrario te suspendían, y te suspenden ahora todavía en cualquier examen de historia, porque subyacía y subyace un trasfondo paleto, beato, frailuno y clerical, que parece no ver con los ojos de la lógica que Murcia, el nombre de la ciudad egoísta, acaparadora actualmente de todo el asfalto de la región, deriva directamente del árabe Muza, o Muça, tal y como aconteció en el burgalés Castrillo de Muça, que, poco a poco fue mutando y derivando lo de Muça por los de Murcia.
En el probable encuentro, que no es seguro, entre el ibérico visigodo Teodomiro, y el vecino poblador de religión diferente, aunque monoteístas los dos, Abd al-Aziz Muça, corriendo probablemente el año del setecientos treces, estampando la firma el moro y firmando con el dedo el Teodomiro para darle nacimiento a la Cora del Tudmir, es de lógico que un caserío, que un enclave muy propicio para la vida por su suelo fértil como era entonces la zona murciana, quisiera el vecino más poderoso, Muça, que la nueva ciudad llevara su nombre, y no la iban a dejar sin bautizar hasta pasado más de un siglo y varios años, hasta que alguien cayó en la cuenta, y corriendo el año del ochocientos veinticinco, fue, según la crónica frailuna apañada, con aquello de la Medina Mursiya, o te suspendían y suspenden en el examen.
El lejano recuerdo que me llega de mi visita casi suficiente para recoger impresiones sobre la villa castellana de Castrillo de Murcia, vi mucho del beaterio murciano en aquella pequeña pero entrañable población donde, sin vergüenza de ninguna clase, han aceptado que lo de Murcia deriva del vecino ibérico monoteísta islámico Muça. Y como siempre salta la liebre cuando uno menos se lo espera, ya por aquellos años, donde con mucha dificultad bibliográfica, me iniciaba en mi creencia de que los “Moros” nunca Invadieron España que ni existía como tal estado o nación o grupo de encuadramiento, cuando me explicaron en Castrillo lo del diablo corriendo con rabo por las calles en la fiesta del Colacho, no consiguieron sino que sonriera y seguí con mi faena propuesta de enterarme más cosas acerca de la Condesa Traidora, doña Argentina, no porque el pusiera los cuernos al rey de Castilla don García Fernández, sino por la razón del nombre que llevó: Argentina, algo muy en desfavor de la “tradición impuesta” de que las mujeres lleven el nombre de santas vírgenes.
Que vendría más tarde dentro del proceso involutivo en el que nos obliga a vivir la ley mordaza y las leyes vaticanas.
Salud y Felicidad. Juan Eladio Palmis.